Lo último que habría querido ser en la vida era ser pastor. La gente de Willow Creek escucho varias veces como al final de mi adolescencia tenía decidido trabajar en la granja de mi familia, apenas terminara de estudiar en la universidad. Mi padre y sus hermanos habían pasado treinta y cinco años dedicados a este negocio, y las flechas de mi vida parecían alinearse para tomar la posta y llevar la antorcha hasta la siguiente generación. Yo tenía integrada la ética del trabajo. Y también sentía ansias por progresar en el negocio. No faltaba mucho para que consiguiera el diploma adecuado en finanzas y administración de empresas. ¡Todo iba perfecto! Excepto por un pequeño problema: la iglesia a la que asistía en esos días estaba tan absorta en si misma que, lamentablemente, no se preocupaban ni un ápice por la gente que vivía en la vecindad, cerca del edificio, pero alejados de Dios. Yo sentía que los lideres y miembros de la iglesia predicaban sobre el amor y la compasión, pero que no consideraban que hacía falta ponerla en práctica.
Se había formado el problemático triangulo de los servicios mal planificados, la predicación sin inspiración y un conjunto de cristianos que no sentían pasión por casi nada. Esto me perturbaba semana tras semana, pero no sabía muy bien que podía hacer al respecto. Estaba dedicando a mis estudios y a mi futuro en el comercio, por cierto podría haberlo reconocido como una incipiente divina insatisfacción.
Aun siendo adolescente, recuerdo que un domingo volvía con mi padre de la iglesia, después de uno de esos aburridísimos servicios. Papa me explicaba que tenía un socio llamado Bob que demostraba cierto interés en Dios, y me dijo también que pensaba invitarlo a la iglesia, era evidente que a la esposa de Bob le habían diagnosticado cáncer y que la noticia había conmocionado a toda la familia entera. Según mi padre, aunque Bob vivía bastante alejado de Dios, la noticia de la enfermedad de su esposa por fin había despertado en él un interés por investigar las cosas espirituales.
Recuerda el dialogo y la situación como si hubiera sucedido ayer. Cuando me entere de que pensaba invitar al hombre a nuestra iglesia, instintivamente le rogué que lo pensara dos veces. Papá, papá haz lo que sea, ¡Pero no lo invites a la iglesia! Si hay en este hombre una mínima chispa de interés espiritual, se extinguirá en sesenta minutos! Lo espantaremos más lejos de Dios de lo que haya estado nunca antes, aun antes de que le dieran la mala noticia de la enfermedad de su esposa. ¡Su única esperanza está en no acercarse en nuestra iglesia! ¡No puedes permitirlo!
Mi padre sonrió al ver que protegía el futuro espiritual de su amigo y socio. Pero dentro de mí se había encendido una pequeña llama. Aun a esa edad mi divina insatisfacción recibía combustible.
Poco después tenia diecisiete años, lleve a nuestra iglesia al chico más loco de la escuela. En realidad, el me había pedido que lo llevara, así que, ¿Qué otra cosa podía hacer yo?
El domingo llego con su habitual letargo. El chico fue, y mi iglesia le dio lo que yo esperaba: sesenta minutos de nada. La experiencia lo arruino. Pero lo que se, nunca volvió a pisar el lumbral de una iglesia. No fue el, sin embargo, el único afectado por esta experiencia, yo también sufrí el impacto.
Desde ese momento, mi divina insatisfacción, siguió creciendo hasta que, ya en la universidad, estuve bajo la tutela del Dr. B, el hombre que catalizo mi primer momento Popeye. Mientras Gilbert Belizikian pintaba una imagen vibrante de cómo debía ser una iglesia formada a imagen de Cristo, no pude sino sentir que mi espíritu se encogía. Sabía que jamás había formado parte de una comunidad como esa. Y lo más perturbador, era que, por experiencia propia, sabía que una enorme cantidad de personas en la vecindad y los alrededores necesitaban con desesperación la infusión de vida, de esperanza, de excitación que solo puede ofrecer una iglesia que funciona según la Biblia.
¡Por fin! Me habían dado una clara visión de la belleza, el poder y el potencial que puede tener una iglesia local cuando funciona como debe. Supe entonces que mis grandes y bien pensados planes de negocios se desvanecerían. En apenas una clase, mi mundo se había dado vuelta a causa de la idea de que tantos buscadores terminarían en el infierno sencillamente porque había cristianos que se negaban a salir de sus calidad y santas madrigueras para abrazarlos y darles la bienvenida. Fue esto lo que hizo surgir de mi corazón un grito desesperado: ya no puedo soportarlo más. ¡Es lo último! Los buscadores importan. Y la gente que vive alejada de Dios merece opciones de iglesias locales mejore de las que hoy existen a su alcance.
Y la próxima semana seguiremos con la otra parte de este tema:
Bendiciones.




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