Enseguida Jesús hizo a sus discípulos entrar en la barca e ir delante de él, a la ora ribera, entre tanto que el despedía a la multitud. Despedida la multitud subió a orar aparte; y cuando llego la noche, estaba allí solo. Y ya la barca estaba en medio del mar, azotado por las olas; por que el viento era contrario. Más a la cuarta vigilia de la noche, Jesús vino a ellos sobre el mar. Y los discípulos, viéndole andar sobre el mar, se turbaron, diciendo: ¡un fantasma! Y dieron voces de miedo. Pero enseguida Jesús les hablo, diciendo: ¡Tened ánimo; yo soy, no temáis!
(Mateo 14.22-27)
Mateo es específico en cuanto al orden de los eventos. Jesús envió a los discípulos a la barca. Luego despidió a la multitud y subió por la ladera de una montaña. Era de tarde, probablemente como las seis. La tormenta se desato de inmediato. El sol acaba de ponerse antes de que los vientos huracanados comenzaran a rugir.
Toma nota que Jesús envió a los discípulos solos a la tormenta. Incluso cuando estaba subiendo por la ladera de la ventana, podía sentir y oír la fuerza del temporal. Jesús no era ignorante de la tormenta. Estaba al tanto de que venía un torrente que bombardearía por saturación la superficie del mar. Pero no dio media vuelta. Dejo a los discípulos para que enfrentaran la tormenta… solos.
La tormenta más grande de esa noche no se encontraba en el cielo; se encontraba en los corazones de los discípulos. El temor más grande no era ver las olas impulsadas por la tormenta; era ver la espalda de su líder cuando los dejo para enfrentar la noche con solo preguntas como compañeras.
¿De qué manera las tormentas de la vida, las luchas y los sufrimientos dolorosos, nos hacen sentir solos?
Imagina la increíble tensión al sentir que las olas golpeaban fuertemente la pequeña barca pesquera. Una hora te cansaría. Dos horas te dejarían exhausto. Seguro que Jesús nos ayudaría, pensaron. Lo habían visto calmar tormentas y El le s había mandado a los cielos silenciarse. Lo habían visto acallar al viento y calmar olas. Seguro que Él saldría de la montaña.
Pero no lo hará. Los brazos les comienzan a doler de tanto remar. Todavía no hay señales de Jesús. Tres horas. Cuatro horas. Los vientos rugen. La barca parece de papel. Jesús todavía no aparece. Llega media noche sus ojos buscan a Dios en vano.
A estas alturas los discípulos ya llevan seis horas en el mar.
Todo este tiempo han luchado contra la tormenta y han buscado al maestro.
Hasta ahora, la tormenta está ganando. Y al Maestro no se le encuentra por ninguna parte.
Donde esta, exclamo uno.
Acaso nos has olvidado, grito otro.
Alimenta a miles de extraños y nos deja para que muramos, murmuro un tercero.
Puede que a veces sintamos como que Dios nos ha olvidado. Sin embargo, la palabra de Dios desafía nuestros sentimientos y en vez de ellos nos alienta a ejercitar la fe. (Isaías 49.14-15)
Y la próxima semana seguiremos con el siguiente tema:
LA PAZ EN LA PRECENCIA DE JESUS
Bendiciones.




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